En muchos procesos de crisis de pareja, no existe una decisión inmediata de continuar o separarse. Aquí se abre un tiempo intermedio (a menudo largo), marcado por la duda, la incertidumbre. Aunque los adultos, intentan proteger a los hijos evitando discusiones, este clima tiene efectos directos en su desarrollo emocional y en la dinámica de la crianza.

Los niños perciben más de lo que se dice...
Los hijos no necesitan explicaciones detalladas para darse cuenta de que algo ha cambiado. Perciben el tono emocional del hogar, la distancia entre sus padres, los silencios prolongados o la tensión contenida. Cuando esta situación se mantiene en el tiempo, puede generar en ellos sentimientos de inseguridad emocional, caracterizado por miedo a la perdida, ansiedad anticipatoria o una vigilancia constante del estado de ánimo de los adultos.

Inseguridad y sensación de responsabilidad..
Muchos niños, desarrollan la creencia (generalmente inconsciente) de que su comportamiento puede influir en el destino de la relación. Esto se manifiesta en intentos de "portarse mejor", mayor complacencia, o por el contrario, en conductas disruptivas como forma de expresar su malestar ante tal situación.
Todo ello supone una inversión de roles: el niño deja de ocupar su lugar evolutivo para convertirse en regulador emocional de la familia, algo que puede afectar a su autoestima y a su desarrollo emocional a largo plazo.

Aprendizaje relacional implícito...
Un vinculo parental marcado por la duda constante, la desconexión emocional, los silencios o la ausencia de actividades familiares o en pareja, puede convertirse en un modelo relacional internalizado, normalizando relaciones basadas en la insatisfacción, la evitación emocional, o la permanencia en vínculos poco saludables.
La pregunta no debería centrarse únicamente en si continuar o finalizar la relación, sino en qué clima emocional se está ofreciendo a los hijos durante el proceso.
Fátima Cabello Sánchez