
Estrés y crianza ..
El estrés personal y laboral ya es, por sí solo, una carga pesada. Vivimos con agendas llenas, exigencias constantes, presión por rendir, por cumplir, por llegar a todo. El trabajo no siempre se queda en la oficina: se cuela en casa, en la mente, en el cuerpo. Se manifiesta en cansancio, irritabilidad, falta de paciencia y en esa sensación persistente de no estar haciendo nunca lo suficiente.
A ese estrés se le suma el de la crianza de los hijos, que es profundo, emocional y continuo. Criar implica una responsabilidad constante, una atención que no descansa y una entrega que va más allá del tiempo o la energía disponibles. No hay pausas claras, no hay horarios definidos. Los hijos necesitan presencia, contención, escucha y guía, incluso cuando los adultos están agotados.
La combinación del estrés laboral y el estrés de la crianza puede generar una sensación de desbordamiento. Muchas madres y padres viven con culpa: culpa por trabajar demasiado, culpa por no tener paciencia, culpa por necesitar un descanso. Se sienten atrapados entre ser buenos profesionales y ser buenos cuidadores, como si ambas cosas compitieran entre sí.
Este tipo de estrés acumulado no solo afecta al bienestar emocional, sino también a la salud física y a las relaciones familiares. Aparecen discusiones, silencios, distancias emocionales. A veces el cansancio se convierte en enojo, y el enojo en frustración. No porque falte amor, sino porque falta apoyo, descanso y espacios para uno mismo.

Hablar de este tema es importante, porque normaliza una realidad que muchos viven en silencio. Sentirse agotado no significa ser un mal padre o una mala madre. Significa ser humano. Reconocer el estrés es el primer paso para buscar equilibrio, poner límites, pedir ayuda y entender que la crianza no debería vivirse desde la autoexigencia extrema, sino desde la comprensión y la compasión, también hacia uno mismo.
Cuidar de los hijos empieza por cuidar de quien cuida. Reducir el estrés no es eliminar responsabilidades, sino aprender a acompañarlas de forma más amable, realista y consciente. Porque una familia no necesita perfección, necesita presencia, y esa solo es posible cuando el bienestar de todos, incluidos los adultos, importa.